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jueves, 14 de abril de 2011

La II República, entre el mito y la realidad (I).

Hoy 14 de Abril, es una de esas fechas que en España no pasa desapercibida. Tanto de una manera grandilocuente, como de manera más subrepticia, se hacen menciones a aquel acontecimiento histórico que marcaría, para bien o para mal, la historia reciente de nuestro país. Como suele ser habitual, el pasado tiene tendencia a ser mitificado e incluido en un imaginario colectivo repleto de joyas mayormente falsas. Y en ese caso, la II República no es una excepción. Motivo aún de fuertes polémicas entre los historiadores y entre la población que no sucumbió a los planes de estudios de los últimos veinte años, creo que es de recibo hacer una mención en mi blog sobre ello.

La situación de España tras la dictadura de Miguel Primo de Rivera se podría definir como confusa. Tras la retirada del general, se abrió un período de incertidumbre política, caracterizada por dos gobiernos provisionales (Dámaso Berenguer y el almirante Aznar) que a duras penas, consiguieron dirigir al país, con la excepción de la convocatoria de elecciones municipales para el 12 de Abril de 1931. Aquel plebiscito popular, en principio, no tenía un carácter vinculante más allá de la representación en las corporaciones municipales, pero por parte de la opinión pública y de determinados sectores políticos, fue considerado como algo más allá, una especie de referéndum de si la monarquía encarnada por la controvertida figura de Alfonso XIII tenía visos de continuar o bien, forzar la abdicación del monarca y proclamar la II República española. La celebración de los comicios desveló que en las áreas rurales, las opciones monárquicas fueron seguidas y apoyadas, pero en la mayor parte de las ciudades de la geografía española, las fuerzas de izquierda triunfaron.

Opiniones para todos los gustos en cuanto al papel jugado por el rey borbón. Para determinados historiadores y especialistas de orientaciones monárquicas, el rey Alfonso XIII buscó la mejor salida para evitar una guerra civil prematura entre españoles, pero para otros, aquel gesto fue una forma de escape de la realidad que se precipitaba sobre un rey desprestigiado por su tibieza durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera y sus intereses económicos en las posesiones coloniales del norte de África. El caso es que Alfonso XIII, el 13 de Abril de aquel año 1931, abdicó del trono de España abriendo así la puerta a una nueva etapa histórica.

El acceso al poder de la izquierda supuso la proclamación de un gobierno provisional liderado por Niceto Alcalá Zamora, ilustre personaje nacido en Cabra (Córdoba), que posteriormente, se vería sustituido por otro famosísimo personaje: Manuel Azaña. En estos primeros compases, lo importante era realizar una nueva Constitución, ya que el último precedente constitucional lo encontramos en 1876, hasta su derogación bajo la dictadura de Primo de Rivera. Y obviamente, aquella Constitución de la Restauración entre muchos de sus rasgos era monárquica, por lo que urgía la construcción de un texto legal constitucional adaptado a los nuevos tiempos. Tras la convocatoria de elecciones constituyentes y un largo debate, la nueva Constitución sería promulgada el 9 de Diciembre de 1931. Esta nueva constitución consideraba España como una república democrática de trabajadores, y suponía una ruptura con la tradición de cartas magnas burguesas precedentes. La Iglesia y el Estado que hasta entonces siempre habían mantenido contactos, se separaban (lo que daría pie al paulatino alejamiento de la Iglesia y su apoyo futuro a los extremos reaccionarios de la derecha). En cuanto al modelo de las Cortes, se apostó por el unicameralismo, siendo el Cóngreso de los Diputados la representante de la voluntad popular, que por fin, podría votar mediante sufragio universal de hombres y mujeres para expresar su opinión. Otros aspectos como el matrimonio civil o la aprobación del divorcio fueron auténticos bombazos para la sociedad española de cerca de mediados de siglo.


El Bienio de Izquierdas (1931-1933).
Así las cosas, la Constitución de 1931 suponía el espaldarazo definitivo para el nuevo régimen. La configuración del Congreso de los Diputados había quedado con el PSOE y los republicanos de centro como grandes grupos parlamentarios, a la par que diversos grupúsculos políticos se extendían en el hemiciclo hasta dejar a la derecha española con 48 escaños y arrinconada frente a sus rivales. De esta manera, era obvio que bajo la presidencia de la II República de Niceto Alcalá Zamora y el jefe de gobierno Manuel Azaña, las medidas a tomar por el Ejecutivo serán amplias y muy importantes. Durante el Bienio de Izquierdas (1931-1933), dichas medidas podríamos resumirlas en:
-Reforma del ejército: el ejército español tenía como uno de sus múltiples vicios la macrocefalia, es decir, la abundancia de mandos y escasez de tropa básica. Además, muchos de sus mandos eran fieles a la monarquía, por lo que era obvio que se debía emprender algún tipo de medida que mediante jubilaciones, pudiera alejar a dichos mandos de la realidad del momento. Esta reforma fue obra clave de Manuel Azaña, quien él mismo, con la vehemencia que le caracterizaba, sentención que "iba a triturar al Ejército". Aquella reforma no tuvo el impacto deseado.
-Reforma laboral de jornada de 8 horas.
-Reforma educativa: la tan famosa reforma educativa de la República. Sin embargo, de nuevo, el alcance fue limitado. En cierta forma, porque muchos de los profesores y maestros de por entonces, eran miembros del clero, y pocos profesionales de la educación procedían de un ámbito laico. Aún así, el esfuerzo del gobierno republicano por aumentar el número de escuelas y la dotación de docentes fue encomiable.
- Reforma agraria: el mayor fracaso de la II República en sus comienzos. Sus intentos de controlar el área rural, dirigiendo y restringiendo los puestos de trabajo de los jornaleros que movidos por la estacionalidad, tenían como habitual su traslado de unos pueblos a otros diferentes del de su origen, labró la enemistad del campo hacia el gobierno republicano. Sintiéndose traicionados y forzados a un paro fatal, será desde el campesinado donde arranque el principio del fin del llamado Bienio de Izquierdas.

viernes, 11 de marzo de 2011

11-M Séptimo Aniversario.

Aquella mañana me levanté como cualquier otra para ir a la Universidad. Tenía, a primera hora, allá sobre las 8 de la mañana, clase de Instituciones en la Edad Moderna Española. Cuando me monté en el autobús, escuchaba en mi walkman las noticias. Se comentaba que se había cometido un atentado en la estación de ferrocarriles de Atocha. Dos muertos, pero se esperaban muchos más, porque el atentado había sido brutal. Cuando bajé del autobús, la cifra había subido, pero existía mucha confusión, y como si de un siniestro fuego se tratase, la noticia recorría todo el dial de la radio con la misma noticia.

Tomé asiento y cuando empezó la clase, el profesor se había retrasado un poco. Por lo visto,los acontecimientos de Madrid eran mucho más serios de lo esperado. Había veinte muertos y más heridos. Aquella hora y media de clase, se convirtió en realidad en una consulta periódica cada diez minutos de lo que sucedía a través de los transistores.

Mientras llegaba la siguiente profesora, Historia del Documento Moderno, la confusión se había desparramado entre nosotros. En la puerta de la clase, comentábamos las noticias y lo que nos llegaba en forma de rumores. Poco más tarde, la profesora entraba en clase para decirnos que no podía impartir, debido a que un familiar suyo por poco se había salvado de la masacre de Madrid. En cuestión de media hora, el Rectorado había ordenado paralizar las clases ante la escalada de muertos y sangre que se estaba registrando en la capital de España.

Desde allí, un grupo de nosotros acudimos a la Plaza Nueva, frente al Ayuntamiento de Sevilla. Se había acumulado una gran cantidad de personas allí. Al pie del pedestal a Fernando III, un grupo de estudiantes cantaba canciones antiguas ridículas sobre la paz y demás mientras agitaban una pancarta antibélica. Sin embargo, lo preocupante se encontraban entre la muchedumbre. La derecha, poseída por la teoría de que ETA había realizado el atentado, se encontraba en estado de furia, mientras que la izquierda, muy inflamada por la guerra de Irak, respondía ante aquello. El clima era muy parecido a la de la Dos Españas de la Guerra Civil. Frente al cuerpo municipal que había salido al exterior, en una más de esas manifestaciones silenciosas de rechazo de la violencia que para nada en realidad sirvieron nunca, la crispación era patente entre el público.

Después, caminé junto a mis colegas de estudios desde allí por la Avenida de la Constitución hasta el Parque de Cristina para coger el autobús de vuelta a casa. La situación había empeorado. Los relatos de los periodistas y demás cronistas improvisados informaban sobre que había trozos y restos de cuerpos repartidos por las azoteas, techos y cubiertas de los edificios alrededor de las diversas estaciones donde habían sucedido los atentados. Poco a poco, comenzaba a tomar forma el hecho de que era posible que Al-Qaeda hubiese sido la reponsable de la matanza. No fue hasta que llegué a mi casa, cuando viendo la televisión, vi la horrible dimensión de aquella locura.

Los días posteriores estuvieron manchados de sangre. Una parte de los terroristas habían sido arrinconados en Torrejón en un bloque de pisos, y antes de que las fuerzas de Seguridad del Estado consiguieran hacerse con ellos, habían detonado unas cargas explosivas depositadas en el piso, explotando con ellos y llevándose por delante la fachada del edificio. Dos días más tarde, la jornada de reflexión para las elecciones generales del 14-M no fue así. La izquierda, tras las informaciones que indicaban que había sido Al-Qaeda y que el gobierno del PP había ocultado la información durante un tiempo, se aupaba al poder llevando a Zapatero consigo (candidato que apenas contaba en las encuestas previas al 11-M).

Poco más tarde, España retiraría las tropas de Irak. Meses después, se organizaría un tribunal para procesar el 11-M y a sus responsables. Sin embargo, quedan aún muchas preguntas por responder de manera seria.

Nunca olvidéis,nunca perdonéis el 11 de Marzo de 2004.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El Concepto de España (VI).

Llegamos por fin a esta larga serie de artículos dirigidos a analizar la evolución histórica de la Nación española, su debatido concepto y las diversas posturas sobre su existencia que han existido a lo largo de los tiempos, y hoy día.

Con la muerte del general Franco, España se enfrentaba a una disyuntiva clásica: seguir con el régimen con la figura de un nuevo general o bien, iniciar un proceso de transformación democrático que consiguiera instaurar en España un auténtico sistema democrático en su historia. El problema en cuanto a lo que se refiere al concepto de España es que se consideraba, por una parte, que la llegada de la democracia daría alas a las pretensiones soberanistas de las regiones del Estado y un debilitamiento del sentimiento nacional, mientras que por el otro, se consideraba lo español como algo rancio, filofascista y anticuado.

Afortunadamente, la democracia consiguió establecerse en el país, gracias a la figura tan fundamental como menospreciada de Adolfo Suárez, quien desde dentro del régimen, operó complicadas maniobras políticas que consiguieron con el tiempo y esfuerzo precipitar los hechos a la muerte de Franco. En conjunción con un sentido del Estado casi inglés, Adolfo Suárez percibió claramente la necesidad de contar con todas las opciones políticas existentes para dar un espaldarazo definitivo a la democracia incipiente, por lo que legalizó el Partido Comunista. Este tipo de audacia poco habitual entre la clase política española hoy dia no era un asunto fácil, y menos en una economía como la española, que se enfrentaba allá por la segunda mitad de la década de los 70 a las consecuencias de la Crisis del Petróleo. Podríamos decir que el concepto de Estado y de nación de Adolfo Suárez prevalecieron y permitieron que España pudiera iniciar un camino por la senda de la modernidad y la seriedad de las democracias occidentales, gracias a la arquitectura de la Transición española, que ha servido y sirve como modelo para muchos observadores de otros países que estaban o están en procesos parecidos (Chile, Montenegro...). Hacía tiempo que España no exportaba nada nuevo al exterior en materia política.


El momento de mayor peligro para la democracia española se registró el 23 de Febrero de 1982, cuando en las Cortes, y al puro estilo de personajes como hemos visto antes como Pavía, irrumpió la Guardia Civil bajo el mandato del teniente Tejero. La intervención del Rey, Juan Carlos I, logró junto a la división de los mandos del Ejército el aborto de aquella intentona golpista. Esto, que fue un episodio de gran inquietud, fue una reválida por la que España demostró estar integrándose por la senda de la democracia. Años más tarde, en 1986, España ingresaría en la C.E.E, siendo país miembro junto a Portugal. Esto permitió que la economía española ingresase por sus baratos costes de producción y su abundante mano de obra, en un proceso de reconversión de todo su modelo económico, al que habría que sumar la llegada en forma de Fondos de Cohesión y Estructural (FEDER...) de un gran caudal de dinero que permitió emprender ambiciosos programas de construcción. Así, se iniciaron múltiples vías de comunicación que permitieron paliar el tradicional problema español de la cohesión territorial por medio de las comunicaciones. El año 1992 fue el año en el que España mostró al resto del mundo mediante la celebración de la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona una imagen moderna y dinámica, que arrastró consecuencias positivas inmediatas para nuestro país.

Sin embargo, todo esto que os comento sería la visión económica que en un país lógico traería prosperidad, y cuyos problemas serían los normales y saludables en un sistema democrático cualquiera. No sería completo nuestro análisis del concepto de España sin analizar antes la pieza fundamental del ordenamiento jurídico y territorial de España.

La Constitución de 1978 es hasta la fecha la carta magna que por más tiempo se mantiene en vigencia en la historia española. No es una Constitución perfecta (si es que se diera el caso que hubiera alguna), pero estableció un marco legal que inspirado en principios y lo más posiblemente ecuánime (obedeciendo al clima político de la Transición) es la referencia de la vida cotidiana de los españoles.

Artículo 1.
1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.
3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.
Artículo 2.
La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.


Como podéis observar, en el artículo 2, se contempla la indivisibilidad de la nación española y ofrece el principio del Estado de las Autonomías. En atención a las "realidades históricas" existentes en España, la Constitución ofrecía una posibilidad para que las regiones de España pudieran constituirse como Comunidades Autónomas y configurarse mediante Estatutos en su ordenamiento interno derivados de la Constitución (lo que obligaba a respetar los principios fundamentales de la Carta Magna). Por esto, en los últimos años, las regiones españolas soberanistas, como Cataluña o País Vasco, han iniciados desde sus élites políticas independentistas o autonomistas procesos de diferenciación respecto del Estado Español apoyándose en principios como la finanación intercomunitaria, caballo de batalla siempre cuando los jefes políticos de las Comunidades Autónomas se reparten los fondos del Estado dedicados al mantenimiento de la arquitectura autonómica. Así, el Plan Ibarretxe (año 2004) contemplaba la posibilidad de un País Vasco como Estado independiente asociado a España, o la polémica del Estatuto de Cataluña (2006) y la consideración de si Cataluña era una Nación que dio lugar a polémicas interesantes sobre si España era una "nación soberana" como se recogía en la Constitución de 1978 o si bien, era una "nación de naciones", como comentó el presidente actual.

Lo cierto y verdad es que si bien el sistema de las Comunidades Autónomas era una vía intermedia entre el centralismo de Madrid y el federalismo, con el tiempo, el sistema ha ido degenerando hasta la actualidad, siendo hoy objeto de debate económico muy acalorado por cuanto el sistema de financiación que emanan de los Presupuestos Generales del Estado y las partidas presupuestarias de éste posee deficiencias serias en cuanto a eficiencia y ahorro (como expresó recientemente el presidente del Banco de España).

Actualmente, España está configurada en base a 17 Comunidades Autónomas y 2 Ciudades Autónomas (Melilla y Ceuta).

¿Y el futuro?.


Un historiador se preocupa por el pasado, lo estudia, interpreta y llega a una conclusión. También procura comprender el presente, analizar sus raíces históricas y así entender los aspectos claves de la sociedad y la civilización en la que vive. Sin embargo, el futuro, es una nebulosa demasiado complicada como para aventurarse a definirlo. Sin embargo, el historiador dispone de instrumentos basados en la cambiante realidad que le pueden hacer considerar diversas opciones por las que pueden discurrir los acontecimientos.

Ciertamente, la concepción de España está sometida a un fuerte debate, aún más por la crisis económica por la que pasamos. La actuación del Gobierno central y su política territorial actual somete a debates continuos la entidad de la Nación española, y su incapacidad para tomar decisiones y directrices sólidas, efectivas y unidireccionales otorga un amplio margen de acontecimientos que podrían ocurrir. La asunción de cada vez más competencias por las Comunidades Autónomas llega en ocasiones incluso a afectar a principios recogidos en la Constitución de 1978 tales como la diplomacia o la gestión de aspectos claves como la gestión de aguas o el tráfico aéreo, ya sea de manera directa o indirecta. Así mismo, la instrumentalización política del concepto de España, junto a la indolencia de la sociedad española, ofrecen continuamente una imagen de debilidad, transformación y relativismo que en nada contribuyen a mejorarla. El último incidente por la integridad del suelo español tuvo lugar en el ridículo episodio de la Isla Perejil, que reflejó en la misma sociedad española dos vertientes, dos Españas: dejar aquel gesto de Marruecos de posesionarse de una propiedad española sin respuesta o bien, considerarla como una agresión casi precedente de una invasión.

Sin embargo, el aspecto más trágico de España es haber olvidado, fruto de la prosperidad y el desarrollo económico, su propia realidad y su historia. Nadie recuerda ya que España durante los años 80 disponía de una economía y un mercado laboral similar a los de los países del Este como Rumanía o Bulgaria en la actualidad. Nadie fue consciente desde cualquiera de los Gobiernos de la democracia de crear un tejido industrial y labora lo suficientemente rico con las ayudas europeas para dotar a nuestro país de una competencia productiva lo suficientemente fuerte como para garantizar su prosperidad más allá. Todo lo contrario. La especulación y la tan desgraciadamente famosa "cultura del pelotazo" hicieron de la sociedad española una sociedad terciarizada económicamente que depende del exterior para su desarrollo. Eso, realmente, es lo que configura un Estado, una Nación. Debido a este clima de indolencia, España afronta una crisis económica con casi cinco millones de parados, con un mercado laboral reformado claramente negativo para el trabajador, una incapacidad manifiesta de iniciativa empresarial en el marco de la ausencia de ayudas efectivas y rentabilizadas del Estado y un panorama cultural desolador. Un país con un sistema educativo fragmentado en diecisiete subsistemas diversos, basado en un igualitarismo sectario que fomenta esa mediocridad que hoy día podemos observar encendiendo la televisión.

En fin, espero que esta serie de artículos sobre España y su evolución histórica os hayan sido de provecho e interesantes. Os dejo de nuevo con los magníficos actores de Mundoficción, que bajo la sorna y la guasa sevillana, dejan caer un discurso desolador y mordaz de la realidad de nuestro país.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El concepto de España (V).

La Guerra Civil fue el fin de la segunda experiencia republicana en España. Una Guerra Civil que como todas las que han existido, existen y existirán, fue una confrontación entre compatriotas que dio como resultado un bando vencedor y otro vencido. Una Guerra Civil, que en el caso de España, ha sido un elemento traumático en la mentalidad de los españoles, como un recuerdo marcado al rojo vivo tanto para los de una parte como para los de la otra, referente aún hoy para generaciones que no vivieron ni la confrontación, ni la posguerra, ni las carencias de los primeros años del Franquismo. También, la Guerra Civil ha sido un divisor de aguas en cuanto a la concepción de España, que es de lo que trata nuestro artículo, ya que la asunción por un bando de ser el Salvador de la patria, y la contrariedad que trae el odio a lo considerado patriótico del vencido, han configurado hoy día en España dos formas muy diversas de concebir la nación.

Como he dicho antes, no es objetivo del artículo analizar la Guerra Civil, pero sí cómo ha afectado tanto la guerra como la dictadura militar de Francisco Franco a la visión de España entre la ciudadanía. En primer lugar, la victoria del bando nacional fue el cúlmen de un crisol ideológico gestado a fines de la II República, cuando el Ejército, por detrás de toda la parafernalia política, preocupado por la integridad territorial de España, comienza a sentirse inquieto y mueve piezas que conducen a un discurso salvador. Un discurso que aboga por las raíces históricas de España, basándolas en el catolicismo y el militarismo. Esto fue lo que en un principio conllevó a que el movimiento nacional fuese considerado fascista, aunque dentro de sí fuera una amalgama de posiciones reaccionarias, extraconservadoras, conservadoras, fascistas y monárquicas. La visión de "Una, Grande y Libre" resumía dentro de sí los deseos de una parte de la población española por conservar la unidad del territorio, en peligro por los arrebatos nacionalistas y las concesiones de Estatutos de Autonomía o proyectos de ellos. Mientras, en el bando republicano, la fuerte división interna de dicho bando fue la semilla del desastre, desde varias ópticas. La consideración de que la República para ser tal debía ser de izquierdas o de que podría ser una plataforma para alcanzar la Dictadura del Proletariado, entre muchas otras opiniones, habían conducido a una radicalización de posturas, que junto a la que registraba la derecha, llevaban inevitablemente a la Guerra Civil.

El uso de los símbolos por parte de un lado y otro eran una buena muestra de lo que se concebía por cada bando qué debía ser España. Desde el movimiento nacional, se echó una mirada atrás, centrándose en la iconografía y postulados doctrinarios de los Reyes Católicos y el espíritu de Cruzada. Así, el régimen franquista adoptará elementos que hoy día, han quedado en el imaginario colectivo como franquistas sin serlo realmente. Varios ejemplos. El Águila de San Juan (y no la bicéfala), representaba a la admonición que protegía a los Reyes Católicos y su familia, el yugo y las flechas simbolizaban a Ysabel (yugo) y Fernando (flechas), el empleo de la Cruz, el concepto de reconquista de España... todo esto, junto a un lenguaja administrativo y una visión histórica concreta, ayudaron a la concepción negativa de la historia de España y de España que se tiene hoy día por parte de un sector concreto de la sociedad española. Mientras, en el bando republicano, es inevitable observar como elementos propios del régimen soviético van asomando gradualmente en la propaganda y las publicaciones: empleo de las hoces y el martillo, la defensa de España como forma de conservar una revolución de trabajadores global a nivel mundial, la iconografía estalinista, la división de las fuerzas de combate republicanas en cuerpos de ejército regionales... eran muestra de la visión federalista de España por parte de la izquierda.

La victoria de las tropas nacionales el 1 de Abril de 1939 supusieron el comienzo de una dura etapa para España. La posguerra, mezcla de carestía, pobreza y hambre, se cebaba sobre un país que previamente no era precisamente un país moderno. Sus exiguas infraestructuras y su pobre tejido industrial fueron duramente atacadas por el espectro de la guerra. En esos momentos, en Europa se desataba la II Guerra Mundial, con el triunfo espectacular del fascismo sobre el Viejo Continente. España, al término de la confrontación mundial, quedó fuera del juego internacional debido a su régimen dictatorial, reducto de las que habían sido las dictaduras fascistas mediterráneas (España, Italia, Grecia...). Por otra parte, el exilio de una pequeña parte de la población española había reforzado la visión negativa exterior del país.

Ciertamente, la primera etapa del Franquismo conocida como "autarquía" buscó el refuerzo de las industrias españolas y la economía en general, pero fue un desastre mayúsculo. Franco reaccionó echando del Gobierno a Falange e introduciendo en éste al Opus Dei, iniciándose así el "Desarrollismo". El desarrollismo obligó en sus primeros tiempos a que muchos españoles emigraran por cuestiones de trabajo al exterior, siendo fuente de ingresos para la debilidad balanza de pagos española. En cierta manera, esto junto a otros factores (conveniencia de EE.UU de tener un aliado fuerte en el Mediterráneo para evitar el avance del comunismo) propiciaron que España se convirtiese en la séptima potencia industrial del mundo.

Finalmente, la dictadura de Franco, con su sobredosis de nacionalismo exarcebado, provocó un electrocircuito en la mentalidad colectiva española. La necesidad de tiempos de cambio y libertad condujeron a una visión de lo español y de España como algo franquista, fascista y fuera de tiempo. Lo veremos con más detenimiento en un próximo artículo (y final).

lunes, 25 de octubre de 2010

El concepto de España (IV).

El fin del siglo XIX trajo consigo el desastre de Cuba y Filipinas, lo que significaba que el Imperio español que dominó el mundo durante dos siglos había desaparecido finalmente. Ahondar en las causas que condujeron a esto sería demasiado largo y farragoso de explicar en lo que, os reitero, pretende ser una síntesis de la historia de España. Lo que sí me interesaría destacar es que "El Desastre", como se conoció por entonces, repercutió en la vida social, económica, política y cultural de España de manera formidable. En lo que nos incumbe ahora, el concepto de España como nación se sometió a un duro debate que aún hoy está presente.

Para ilustraros sobre el antes y el después de lo que representó Cuba, os recomiendo "El Árbol de la Ciencia" de Pío Baroja. En dicha obra, se muestra a una sociedad como la española ensoberbecida por una extinta gloria que creían viva, despectiva ante los americanos y su potencial bélico (de quienes se decía que iban a la guerra en pijama). Los hechos demostraron varias cosas. A nivel internacional, que el peso de España era escaso en los principales foros internacionales. EE.UU, siguiendo la Doctrina Monroe, había iniciado un tiempo atrás una política de acoso y derribo de los restos imperiales de las potencias europeas en América del Sur, alegando que "América es para los americanos" (el problema es que no sabemos exactamente a qué se refería por Americanos). A pesar de rechazar varias ofertas, España sabía perfectamente que EE.UU tarde o temprano se haría con Cuba y sus plantaciones de azúcar, cuya producción era la mayor del mundo y muy apetecible para la industria americana. A nivel nacional, El Desastre supusó el colofón de todo lo que se consideraba malo y negativo de ser español, como el cúlmen de la decadencia y la decrepitud iniciados en el siglo XVII. En buena parte, los nacionalismos y regionalismos que habían despertado en Cataluña o País Vasco basaron su estrategia en apoyarse en los hechos acontecidos en el Caribe para demostrar por qué razón ser español era algo que rozaba con la estupidez y lo rancio.

Como consecuencia de lo anterior, la élite política española de aquel tiempo reaccionó acusando al régimen de la Restauración como principal causante de lo ocurrido en Cuba y Filipinas. Así las cosas, el Regeneracionismo se presentaba como un intento de cambio y de paso, la imagen del Estado y la política española. Un intento que se mostró fútil, pues la maquinaria del bipartidismo y los mecanismos por los que se mantenía el régimen terminaron engullendo aquellas buenas intenciones de Costa y sus seguidores.

La política internacional, ya a principios del siglo XX, marcaba nuevos vientos en los que España poco o nada tenía que ver. Sin embargo, su papel estratégico en la entrada del Mar Mediterráneo, junto a su cercanía a África, hicieron de ella un relativamente importante aliado para menesteres entre las grandes potencias. Así las cosas, España retomó una política imperialista figurando como Estado Tapón en el juego de intereses colonialistas en África. Un papel centrado especialmente en el Río de Oro y en la gestión de plazas fuertes situadas al norte del Magreb, como Tetuán o Tánger. Las Guerras Africanas supusieron un desgaste continuo para España, sobre todo a nivel interior, a causa de la injusticia social que suponía el servicio militar obligatorio por quintos que, corrupto, suponía que los reclutas de origen acomodado podían abandonar su obligación a cambio de una módica cantidad de dinero. Eso había sido junto a otras causas las que precipitaron un malestar social tan intenso durante las dos primeras décadas del siglo XX en España que aún hoy día se recuerdan, como fue la Semana Trágica de Barcelona de 1909. Poco a poco, el Ejército español, que durante el siglo XIX se había erigido como el garante del liberalismo para gradualmente transformarse en el vigilante de la Patria, aparecería como una fuerza latente que por un lado era reclamado para poner orden en la sociedad de aquel tiempo y por otro, visto como una forma de opresión en la que se añadían connotaciones de centralismo represor, españolista y uniformista.

El papel de la monarquía de Alfonso XIII a ojos de la sociedad española de entonces estaba en franca degradación. El golpe de Estado de Primo de Rivera y la disposición del rey a aceptar dicho golpe, habían sido los últimos puntales que se necesitaban para que a fines de la experiencia de la dictadura de Primo de Rivera hubiese un deseo de cambio real. Por otra parte, el período de gobierno dictatorial supuso un lapso de tiempo de relativa paz social y de tranquilidad. Al amparo de la dictadura se crearon numerosas empresas nacionales (Renfe, Campsa...), en el ámbito exterior el desembarco de Alhucemas había sido todo un éxito en 1925 y finalmente, las Exposiciones Universales de Barcelona y Sevilla en 1929 habían sido un escaparate hacia el exterior que supusieron cambios en la morfología urbanas de ambas ciudades.

Como apunté antes, la monarquía tras la retirada de Miguel Primo de Rivera fue objeto de una caída en barrena en cuanto a valoración social. Los Gobiernos Provisionales de Dámaso Berenguer y el almirante Aznar dieron paso a la celebración de elecciones municipales que se habían convertido básicamente en un referéndum entre Monarquía o República. La victoria en las urnas el 12 de Abril de 1931 de la República obligaron a Alfonso XIII a abandonar el trono español. El 14 de Abril, la II República Española fue proclamada.

No es cuestión baladí analizar la Constitución de la II República española. En 1873 existía un proyecto de Constitución de la I República, de corte claramente federalista, pero que por los motivos que analizamos en el artículo anterior, no se pudo promulgar. Así que la Constitución de 1931 nos servirá para analizar el nuevo concepto de España, contenido en el artículo I de dicha Carta Magna. En ella España es " República democrática de trabajadores de toda clase", conceptos todos que recogen la tradición izquierdista de considerar a la nación al conjunto de trabajadores. Recordad que en 1812 se consideraba español a todo aquel que habitase dentro de las fronteras del reino español tanto en el hemisferio Norte como el Sur, pero ahora, se especifica que antes de ciudadano, se es trabajador. Si proseguimos un estudio superficial de dicha Constitución asistiremos a la vertebración territorial de España, establecida en base a Municipios que mancomunados formarían las provincias, y aquellas regiones con autonomía reconocida. Ojo a esta cuestión última: se abría así paso a la posibilidad de que regiones de España tuvieran un reconocimiento a hechos diferenciales de bases históricas, sociales o culturales por medio de un tratamiento jurídico y legal diverso al resto del territorio español. Es por esto que en 1932, el Estatuto de Cataluña o Estatut de Núria, fue el primero reconocido por el Estado español y abría la senda autonomista en nuestro país (existiendo un precedente de proyecto de Estatuto en 1919).

Proseguiremos en otro artículo.

domingo, 24 de octubre de 2010

El Concepto de España (III).

El siglo XIX español es la pesadilla del alumnado que cursa historia en 4º ESO e Historia de España en 2º de Bachillerato. La razón reside en la complejidad de los hechos históricos que ocurren en esa centuria, la rapidez en la sucesión de sistemas políticos y alternancias de poder y el carácter incompleto de muchas de sus obras legislativas, económicas o sociales (como se puede comprobar en la variedad de Constituciones promulgadas en estos tiempos). Esto se debe a que el siglo XIX español es un siglo de cambios y experimentaciones, propias de un país que alejado de las prácticas parlamentarias como el Reino Unido un siglo o dos antes, se había visto abocado a hacer un camino largo en poco tiempo, obligado por una guerra feroz en su suelo, como resultado de la invasión francesa en 1808, como punto de partida.

Como ya habréis podido leer en varios artículos de este blog, la Guerra de Independencia ha sido tomada por los historiadores españoles como el pistoletazo de salida que marca la entrada de nuestro país en la Contemporaneidad. Como podréis suponer, no era un contexto propicio para cambios de ningún tipo. Cierto es que el poder de la monarquía de Carlos IV y la fama de su familia y todo el entramado administrativo cercano, repleto de hechos vergonzosos, ilógicos e historias propias de un programa cualquiera de prensa rosa, había desgastado mucho la percepción que el pueblo español disponía de sus dirigentes, pero no penséis que eso era sinónimo de afán de cambiar las cosas.La cultura mental de aquel tiempo imponía que la mayor parte de la población, agraria e inculta, era ajena a una realidad lejana para ella como la política, mientras que la minoría intelectual era afecta al poder de una manera u otra. Así que con la llegada de los franceses, con previa abdicación de Carlos IV en su traicionero hijo Fernando VII, supuso en España la oportunidad para que una parte exigua de su burguesía procurase cambiar las cosas. Próximamente, en 2012, celebraremos los doscientos años de la existencia de la primera constitución española, conocida como "La Pepa", por promulgarse el día de San José. No me extenderé en detalles, pero digamos que fue la piedra de toque del liberalismo español, y una bandera para luchar contra el Absolutismo monárquico. Sin embargo, la debilidad de aquel proyecto político liberal en España representado por las Cortes de Cádiz radicaba en que el rey legítimo, Fernando VII debía rubricar y sancionar la Constitución para garantizar el éxito de sus medidas.

Bien sabido es el papel pernicioso que Fernando VII ejerció en la política española. Aunque como para todo, hay opiniones, sí podemos decir que hay cierta unanimidad entre los historiadores españoles para percibir el reinado de este monarca como nefasto. Tras traicionar a los liberales españoles con el Manifiesto de los Persas (en el que el rey declaraba su resolución de no aceptar ninguna ley superior a la suya propia, a pesar de que poco tiempo antes había declarado que caminaría el primero por la senda de la Constitución), desencadenó una brutal política de represalia que duraría con salvedades hasta su muerte en 1833.

Incluso antes de morir, Fernando VII dejó la semilla de un nuevo conflicto en España. Si ya la Guerra de Independencia había socavado y reducido la exigua capacidad productiva del país, las Guerras Carlistas serán un problema interno que aunque quizás más en la Primera de sus tres ediciones, seguirá acuciando a la política española. De un lado, los liberales se alían con la regente Maria Cristina (nada liberal, por cierto) apoyando los derechos de su hija Isabel II amparándose en la Pragmática Sanción, y por otros, el absolutismo reaccionario del infante don Carlos María Isidro, tío de la niña Isabel, que se rodeó de los elementos más extremos del Antiguo Régimen español. Abreviando, podríamos indicar que gracias de nuevo a un conflicto, el liberalismo español proseguiría su camino, ya que hasta la subida al poder como regente de Espartero, las medidas liberales irán aplicándose como buenamente se podía. En el marco de este momento histórico (me refiero a las décadas de los 30 y 40 del siglo), se desarrolla la famosísima desamortización de Mendizábal.

La llegada al trono de la no menos nefasta Isabel II supuso el apoyo de la monarquía, al principio de manera sutil, y finalmente más clara, hacia la opción del liberalismo doctrinario conservador, bajo el liderazgo del espadón Narváez (del que escribí un artículo hace unos años en este blog). Así las cosas, era de esperar que la alternancia en el poder no se hiciera de una manera democrática, sino que a base de conflictos internos y golpes de Estado militares o pronunciamientos, los liberales progresistas pudiesen alcanzar el poder. Como el objetivo de este artículo es proporcionaros una síntesis, digamos que los diversos episodios de alternancia en el poder de las dos opciones políticas españolas daba como resultado que muchas de las medidas que se emprendían durante una legislatura eran cortadas y sustituidas por otras completamente diferentes del nuevo gobierno entrante, y así sucesivamente.

El desprestigio de la monarquía, atacada ya claramente desde el progresismo y el conservadurismo a finales de la década de los 60, acarreará un golpe de Estado que bajo el mando del almirante Topete, triunfa en 1868 y obliga a la monarquía borbónica a abandonar el país. El general Prim, poco más tarde, tendrá que buscar un nuevo inquilino para el trono español, y aunque con grandes dificultades, lo encontrará en la figura de Amadeo de Saboya. Sin embargo, este rey no duró mucho más de un año en su cargo y abandonó. Eso precipitó la experiencia republicana en España, la Primera.

Fijaos bien. Empezamos el siglo con una monarquía absoluta y no lo hemos terminado aún y observamos una República. Esos bandazos tan españoles se comprueban incluso en la política...

La República en España tiene un halo de misticismo ridículo. Y es demostrable históricamente que ambas fueron un fracaso. Ambas llevaron al país a una situación económica, política y social muy grave, y ambas terminaron con golpes de Estado que trajeron consigo regímenes más represores. En el caso de la I República española, encontramos una cuestión que hoy día se repite: el poder de los nacionalismos denominados periféricos y el concepto de España. Vale la pena pararnos un poco y analizar el tema, porque aquí se trata el tan manido y ajado tema de debate: ¿qué es España?.

Dentro de la I República se observaron varias concepciones de lo que debía ser no sólo el régimen político español, sino su proyecto como nación. Lejos quedaba el hecho de que ser español era vivir en ambos hemisferios bajo el poder de la Corona, como se recogía en el preámbulo de la Constitución de 1812. Los movimientos emancipadores en América habían destruido esa concepción y ahora era necesario buscar otros motivos para ser denominado español. Con el concepto del presidente de la República Pi y Margall, la cosa se complicó. Este mandatorio de las Cortes Republicanas tenía una concepción federalista de España, como territorios autogobernados e independientes entre sí pero unidos por aspectos comunes bajo una administración central que los unificara. Ese concepto se demostró erróneo y perjudicial. Si alguien quiere debatirlo, le remito al fenómeno del cantonalismo. La desintegración del poder central y de las instituciones junto a un Congreso de los Diputados que era un crisol de posturas diferentes y contrapuestas entre sí (siendo por tanto incapaz de tomar medidas eficaces como conjunto) provocaron que el sueño federalista se convirtiese en un esperpento terrible. Los grandes núcleos de población se autoproclamaban independientes y esgrimían razones que aún hoy día nos vienen al pelo por su cotidianeidad.

Este episodio lamentable obligó a una fuerte represión por medio del Ejército, pero la experiencia republicana estaba herida de muerte. Poco más tarde, el general Pavía dará por concluida dicha experiencia entrando a caballo en el Congreso de los Diputados y clausurando sus sesiones. En 1874, Martínez Campos desde Sagunto da un golpe de Estado que facilita la vuelta de los Borbones a España patrocinada por Antonio Cánovas del Castillo.

Con ello comienza la Restauración Borbónica, ampliamente vista y estudiada por mi en varios artículos de este blog.

jueves, 14 de octubre de 2010

El concepto de España (II).

Dejamos a España en los siglos imperiales. Como decía el vídeo que os puse, España había sido el reino que había apostado por apoyar la empresa de Cristóbal Colón, y aquel riesgo, fue compensado con una hegemonía mundial inesperada. Las primeras exploraciones de Colón y las posteriores expediciones de exploración primero y conquista después fueron consecuencias lógicas desde un punto de vista psicológico de la mentalidad de conquista y cruzada que habían teñido las últimas páginas de la Reconquista peninsular. Es por esto que hidalgos, pequeños nobles procedentes de familias venidas a menos y aventureros, decidieran probar suerte y embarcarse hacia tierras extrañas. Así aparecieron figuras como Vasco Núñez de Balboca, Ponce de León, Hernán Cortés o Francisco Pizarro, que para bien o para mal, marcaron el devenir histórico de aquellas tierras conocidas entonces como Indias, hoy América.

España ejerció una labor de correa de transmisión de las riquezas procedentes de América. Casi la práctica totalidad de las mercancías de ultramar (café,azúcar,cacao,tabaco,maíz...)y de las remesas de metales preciosos debían hacer parada obligatoria en el puerto de Sevilla. Esta ciudad, que en un principio, no disponía de atractivos estratégicos para el comercio con Indias (me remito en esto a don Antonio Domínguez Ortiz), tuvo que competir con otros puertos mejor colocados como La Coruña o Cádiz. Sin embargo, su posición interior en un río poco navegable como el Guadalquivir propiciaron que durante un siglo y medio, Sevilla fuese la capital del mundo, casi como Nueva York hoy día. La llegada de oro y plata a la economía europea, escasa hasta entonces de estos metales, y con poca circulación de moneda por tanto, supuso una revolución de precios que estudiada por diversos autores, promovió el desarrollo de las primeras fórmulas de capitalismo, que no analizaré ahora. Quedémosnos por tanto con que el corazón económico de Europa, y quizás, el progreso y avance de las sociedades europeas se encontraba en España. Pero como suele ser habitual en este país, España había sido un reino que no había aprovechado bien ese canal de riquezas, pues no estimuló una industria propia y debido a las guerras y otras obligaciones, el oro y la plata salían del país hacia los bancos italianos, genoveses y alemanes.


Mientras tanto, España, en Europa, fiel defensora del catolicismo, realizó una política de guerras que a la larga sería la herida mortal por la que el Imperio desaparecería. Estas guerras largas, agotadoras y lejanas se iniciaron por la ortodoxia católica de Felipe II, y excepto con las treguas de Felipe III, fueron continuadas con Felipe IV, ya mezcladas eso sí con motivaciones políticas y territoriales. Sin embargo, el papel del ejército español a través de sus gloriosos Tercios hacían de España el poder militar más poderoso de su época. Ya dedicaré un estudio a los Tercios. Este prestigio militar se vería quebrado cuando en Rocroi, las tropas francesas venciesen a los tercios españoles, invictos en un siglo y medio de guerras terribles. Los posteriores tratados (Westfalia y Pirineos) marcarían el fin del poder diplomático español.

A la par que esto ocurría, asistimos a una controversia interna en las fronteras españolas. Felipe II dispone de un poder centralizado cada vez mayor y eso va chocando con las instituciones que los reinos o Españas en los que se divide el país tienen. Famoso es el suceso de Antonio Pérez, secretario del Rey, quien huyó a Zaragoza huyendo de la ira de Felipe II y condujo a éste a asediar la capital maña contraviniendo las leyes y la figura del Justicia Mayor. Esto, no sólo quedará aquí. El Conde Duque de Olivares, años más tarde, preveyendo que el Imperio no se podría mantener sin un ejército organizado y regular, en la que todas las Españas tuvieran parte, intentó sin éxito un sistema de levas que sumado a otras causas, conduciría en Cataluña a un levantamiento campesino durante el Corpus, que será la baza que entonces y aún hoy cierta parte del pueblo catalán esgrime como hecho diferencial respecto de España. No deja de ser curioso que durante un tiempo, Cataluña estuviese bajo la protección del Delfín de Francia tras estos sucesos y que al comprobar los principios del absolutismo que el heredero al trono francés manejaba, abandonase dicho amparo.

Siglo XVIII. El desastre del reinado de Carlos II y su falta de descendencia precipitará la Guerra en España, convirtiendo lo que era una potencia de primer orden en otra de segundo orden en el concierto internacional de la época. España pasaba de ser el poder hegemónico que intervenía en las políticas y destinos de otras naciones para que en esos momentos, sus enemigos tradicionales como Inglaterra o Francia dirimiesen quién sería la nueva dinastía que regiría en el país. Al menos, España logró controlar y mantener sus posesiones ultramarinas, pero también perdía territorios como Mallorca (recuperada más tarde) o Gibraltar (origen de otro de los problemas actuales de nuestro país).

Finalmente, la entrada de los Borbones a principios del siglo XVIII con la figura de Felipe V de Borbón marcará un antes y un después en la percepción que desde el poder se tendrá de la configuracion del país. Si bien los Austrias fueron sensibles a las posibles diferencias entre los reinos, con los Borbones esto no fue así. Sucesores de una tradición absolutista en la que el Rey tiene todo el poder sin cortapisas en forma de fueros o tradiciones arraigadas, Felipe V a través de los Decretos de Nueva Planta decidió establecer uniformidad en el solar español. Gracias al apoyo de sus partidarios castellanos, Felipe V estableció las leyes castellanas como universales, al igual que la lengua y otros usos y retiró las costumbres y fueros de las diversas zonas de España. En el aspecto de la política exterior, la dinastía de los Borbones traerá una política de amistad por lazos familiares con Francia (Pactos de Familia) y una cierta regeneración del poderío naval español, aparte de ciertas prácticas del despotismo ilustrado encarnado por el rey alcalde Carlos III. Pero esa tendencia se vio frenada a fines del siglo. En 1789, subía al poder Carlos IV.

Y 1789 no es una fecha cualquiera.

Seguiremos en otro artículo.

PD: Lo siento, pero tengo que dejaros esta marcha de Semana Santa Sevillana, sobre todo para aquellos que no la hayáis escuchado nunca y que sois de fuera de España. Espero os guste.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Restauración y Regeneración.

La Restauración: mecanismos de funcionamiento.


Encasillado: Operación consistente en colocar en cada distrito electoral a un ganador, pactado por los dos partidos políticos previamente. De esta manera, ya estaban dictadas las elecciones sobre quién debía ser el vencedor (lo que concordaba con el principio de la Restauración del turnismo político). El encasillado funcionaba de arriba abajo y de abajo arriba. Desde la cúspide del entramado, los partidos políticos se ponían de acuerdo y se repartían las actas electorales, y desde la base, los partidos debían contar con el apoyo del cacique del lugar en cuestión.

Caciquismo: Era fundamental su carácter local, ligado al terruño. Era la persona que ejercía el poder político en un pueblo o localidad en nombre de un partido político, haciendo presión entre las personas y grupos sociales formando una clientela. Aceptaba ser el alcalde del pueblo o diputado provincial, pero no solía salir de su área local porque perdía todo su poder. Generalmente, solía ser el hombre más rico y con frecuencia, era un gran propietario. Era un personaje que estaba por encima de las autoridades locales si dado el caso, él no formaba parte de ellas. En teoría era muy estimado por todos (por las clases inferiores porque era la figura con influencias suficientes para conseguir infraestructuras para el pueblo (carreteras, puente, el puesto de trabajo…) y por las clases superiores de políticos ( ya que era quien consiguía los votos). Sin embargo, en la realidad cotidiana, el cacique era una figura odiada.

Ambos mecanismos, juntos a otros muy famosos como el pucherazo, convirtieron al pueblo español en un mero espectador del proceso electoral. Ambos partidos políticos eran muy parecidos en sus programas, que aparte, eran muy pobres en cuanto a contenidos. Siendo España un país que tardó mucho en incorporarse plenamente a los sistemas liberales democráticos, la masa española no estaba acostumbrada a pelear o movilizarse por sus derechos, lo que agravó la carencia de actividad política. Las abstenciones en las elecciones eran muy grandes, y los que votaban, generalmente, eran para agradar al cacique.

El Regeneracionismo.

La Restauración como sistema político fue, poco a poco, cayendo en un gran desprestigio. No tanto por la actitud de sus políticos sino porque realmente el problema del sistema fue que adormeció la actividad política debido a la creencia que solamente en España una parte de la oligarquía se encontraba preparada para guiar a un pueblo inculto demasiado pasivo. Por eso, se hizo necesaria una actividad de regeneración, que tuvo grandes impactos en múltiples campos, tanto político (Joaquín Costa), literario (Baroja, Valle Inclán) o filosófico (Unamuno). Los tres principales ejes de trabajo del regeneracionismo se basaron en:
1. Renovar el sistema desde dentro (regeneracionismo de poder): Desde Silvela (1899) hasta Canalejas (1912).
2. Infiltración en el mismo sistema para cambiarlo: aparición del maurismo y del partido reformista (tercera vía) que se quebró en 1917.
3. Derribarlo e imponer un nuevo sistema: implantación de la Dictadura de Primo de Rivera (1923) o II República (1931).
Se partió de un principio básico: europeizar España. Europa era lo moderno, lo avanzado y el progreso. Por tanto, había que echar “triple candado” a la tumba del Cid y caminar hacia lo nuevo. Sin embargo, muchos pensadores buscaron la manera de casar dos concepciones distintas de España en una sola: “Yo quisiera una España muy antigua y moderna a la vez” (Pío Baroja).

lunes, 10 de mayo de 2010

La Crisis de 1917.

Al disponer de neutralidad durante la I Guerra Mundial, España pudo comerciar con ambos bandos, y gracias a esto, inesperadamente, la crisis que suponía la Gran Guerra a nivel europeo supuso a priori un boom económico. Se calcula que en España entraron durante aquellos momentos unos 5000 millones de pesetas-oro y se crearon unas 12.484 empresas entre 1919 y 1920. Desafortunadamente, aquellos ingresos no se invirtieron en mejoras económicas como modernizar el campo, el utillaje o los sistemas de cultivo (quizás debido a su carencia previa de medios para poder lograrlo), un conjunto de elementos que a buen seguro hubieran creado una base económica algo más solida sobre la que asentar esa economía en proceso de industrialización que se iba generando en España. Esa bonanza económica hizo que los precios de los productos aumentaran considerablemente, mientras que el alza de los salarios fue sensiblemente inferior (una brutal inflación), lo que arruinó el poder adquisitivo del español de a pie y favoreciendo el adormecimiento de una mercado interno independientemente de la coyuntura favorable a nivel europeo.

Pero en 1917, el aspecto económico de la crisis no era la única cara de la mala situación de España. La crisis militar fue muy importante. El Ejército Español, aparte de anquilosado y atrasado tecnológicamente, tuvo macrocefalia en sus mandos (es decir, una gran cantidad de oficiales inútiles en comparación con el número de soldados). Además, muchos militares veían mal el sistema de ascenso dentro del escalafón, ya que era muy arbitrario y dependía mucho del destino concedido por la Administración. Por ejemplo, los africanistas eran aquellos que destinados en África subían más rápidamente que el resto independientemente de su hoja de servicios. Así fue que aparecieron las Juntas Militares de Defensa, del coronel Márquez, sevillano, que en un principio criticaron el sistema existente desde un punto de vista laboral, a un punto de vista político ( desaparición del caciquismo, renovación de clases dirigentes…).

A todo esto, la crisis política. Aprovechando la situación de debilidad del sistema, Cambó promovió la creación en Cataluña de una especie de Asamblea de Parlamentarios. Intentó contar con el apoyo de la derecha (Maura, que no accedió) y de los militares (Junta de Defensa), logrando sólo el apoyo de Pablo Iglesias y los socialistas. Sin embargo, la Asamblea no prosperó debido a que el componente obrero de la Asamblea pensó que sería el momento de hacer una revuelta que fracasada, asustó a los empresarios burgueses como Cambó (19 de Julio de 1917) que decidieron dar la espalda al apoyo obrero. Aún así, Largo Caballero, segundo al mando de Pablo Iglesias, decidió promover una Huelga General Revolucionaria que acabó en fracaso en 1917, pero que dejó tocado de muerte al sistema regeneracionista hasta su descomposición con la subida al poder de Miguel Primo de Rivera.

jueves, 17 de diciembre de 2009

La Guerra de Independencia (III): consideraciones generales.

Dejamos la historia en el momento en el que la ineficacia de los políticos españoles había servido en bandeja el poder a Napoleón tras el secuestro de la Familia Real y la serie de abdicaciones forzosas que Napoleón había arrancado de Carlos IV y Fernando VII entre sí. Con los derechos al trono asegurado por las abdicaciones de Bayona, Napoleón pronto cedió el trono de España a su hermano José Bonaparte, en un intento de sentar la presencia francesa napoleónica en España de manera oficial.
Sin embargo, las ideas de Napoleón sobre este aspecto no resultaron en el plano de los hechos tal y como habían sido pensadas. El pueblo español se levantará contra el invasor en Madrid en las jornadas del 2 y 3 de Mayo y a pesar de la terrible represión, el fuego de la insurrección prenderá en todos los lugares de la geografía del reino, creándose en esos inciertos momentos las Juntas Provinciales de Defensa, que consistían en una especie de autogobierno de las provincias españolas que tenían por objetivo coordinar la defensa y hacer frente a los franceses. Este síntoma, esta reacción por parte del pueblo español demostró claramente que los españoles eran reacios a aceptar a José Bonaparte, creándose una paridad en el poder:
a) Por un lado, José Napoleón y el Estatuto de Bayona, una carta otorgada por Napoleón al pueblo español, que a pesar de recoger las ideas principales de la revolución y de la Ilustración (supresión de señoríos feudales, abolición de la Inquisición, ciertos derechos económicos…), a nadie se le escapaba que no dejaba de ser un concesión del Emperador al pueblo español. Un Emperador extranjero que quería manejar los hilos de la política de nuestro país a través de su hermano, quien a pesar de intentar ser independiente, no pudo evitar aparecer como un pelele. De parte de José Napoleón, estaría un grupo de personalidades que deseosas de acabar con el Antiguo Régimen e implantar el liberalismo, no vieron inconvenientes en apoyar la causa napoleónica. Este grupo fue conocido como el de los afrancesados.
b) La Junta Suprema Central será la que organizará la resistencia española, coordinando a las Juntas Provinciales de Defensa. El vacío de poder con la estancia de la Familia Real en Bayona tenía que sr ocupado por este organismo, aunque se sustituirá posteriormente con el de un Consejo de Regencia tras 1809. Desde este poder, las Cortes se convocarán en diversos lugares conforme la invasión francesa progrese hasta llegar a Cádiz, lugar donde se promulgará la Constitución de 1812, que servirá como ley fundamental contraria a la del Estatuto de Bayona hasta que el rey, a su vuelta, la confirmase.

Antes de entrar a diferenciar etapas del conflicto, deberíamos reseñar unas características generales que nos puedan servir para enmarcar mejor este suceso histórico:

a) Fue un conflicto nacional que trascendió a lo internacional: Recordando lo escrito en el anterior artículo, Francia invadió España bajo el pretexto de castigar a Portugal por sus contactos comerciales con Gran Bretaña contraviniendo las prescripciones imperiales. España reaccionó ante la invasión y lo que en principio fue una guerra contra el invasor, se convertiría en una confrontación en la que Gran Bretaña, apoyando a los rebeldes españoles con el liderato de Lord Wellington, vería una buena oportunidad para desequilibrar el poderío francés.

b) El principal peso de las hostilidades recayó en los hombros del pueblo español, y no tanto de su ejército. Ya durante las jornadas del 2 y 3 de Mayo, el ejército español tenía prohibida cualquier acción bélica contra los aliados franceses, hasta que los héroes Velarde y Daóiz decidieron romper esa orden habida cuenta de lo que estaba ocurriendo en Madrid. El ejército español era incapaz de sostener un combate contra los franceses, puesto que la Grande Armée de Napoleón era totalmente superior. Sólo la habilidad del general Castaños, que salió al paso del ejército francés que se disponía a invadir Andalucía, permitió contar con un cuerpo de ejército compuesto de retales y apoyado por un gran número de milicianos que frenó a los galos en Bailén, en 1809. Tras ese inesperado fracaso, el Emperador decidió enviar a sus tropas veteranas a la península, y la posibilidad de una victoria frontal era nula. Por eso, el pueblo español, especialmente de áreas rurales, decidió enfrentarse en forma de guerra de guerrillas contra el invasor. Por otra parte, investigadores como mi amigo Pablo Mestre, de la Universidad de Sevilla, ha conseguido acceder a documentación que indica que fueron las clases más humildes quienes ofrecieron todo tipo de apoyo al ejército y a la lucha contra las tropas napoleónicas, poniendo incluso dinero y sus casas para ello. Mientras, las clases más poderosas, no se involucraban en forma de hechos claros e inequívocos con la guerra.

c) Al mismo tiempo, la Guerra de Independencia permitió el desarrollo del nacionalismo español. Por primera vez, todas las regiones de España reaccionan contra el invasor de una manera inequívoca, a pesar de pudiesen ser diferentes sus motivaciones. Me explico. Los absolutistas defenderían sus valores tradicionales frente a los revolucionarios de Napoleón, mientras que para parte de los liberales españoles, las formas de Napoleón distaban mucho de las ideas verdaderamente liberales. El caso es que ambas partes se involucraban en la defensa de la nación, aunque fuese desde ópticas diversas.

d) Es evidente que la Guerra de Independencia permitió la circunstancia de poder practicas nuevas formas políticas hasta entonces inéditas, como la promulgación de la Constitución de 1812, que a pesar de que sus efectos en la realidad fueron muy reducidos y limitados por cuestión de falta de tiempo, sirvió como referencia para todo el liberalismo español hasta nuestros días (dentro de poco celebraremos los 200 años de este hecho).

Próximamente, estudiaremos con más detenimiento el fenómeno de la Guerra de Indepenencia. Podéis visitar este link: Los Desastres la Guerra, de Goya.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La Guerra de Independencia (II): la política exterior antes de 1808.


Así las cosas, teníamos un país que se encontraba, razonablemente, en una coyuntura política, social y demográfica que podría haber sido una buena base para que España en un futuro, hubiese podido iniciar los principios de una posible revolución industrial, pero en Historia, no se pueden hacer futuribles, así que por esto, mejor dejemos aparte esta reflexión inicial.

La política real se caracterizó con Carlos IV por la irrupción en el panorama internacional de la Revolución Francesa, que fue sinónimo en España de temor a lo que estaba ocurriendo allí. Se cerraron las puertas a cualquier tipo de contagio revolucionario y España se decantó por apoyar a las naciones absolutistas del momento en contra de los progresos de la Revolución Francesa, algo que fue más evidente a partir de la ejecución de Luis XVI en 1793. Esto obligó a la invasión española de Francia, aunque resultó en un desastre estrepitoso, certificado en el tratado de Basilea (España vio no sólo que era repelida por los franceses, sino que territorios españoles como Cataluña o Navarra eran perdidos).

El Tratado de San Ildefonso. (1800)
Así las cosas, España sabía perfectamente que lo que ocurría en Francia no iba a ser en un principio una cuestión pasajera como se pensaba, y que todo apuntaba a que no sólo resistiría, sino que se perpetuaría con el tiempo. La política española durante el ministerio de Godoy fue gradualmente cambiando desde una posición enfrentada a Francia a otra de completa colaboración (si no de sometimiento). En este sentido,el Tratado de San Ildefonso de 1800 supuso cesiones de territorios a Francia por parte de España y la prestación de ayuda militar que a la postre sería la razón por la que nuestro país se vería involucrado en combates contra Inglaterra, la gran rival de Francia. Ejemplo de ello fue el desastre de Trafalgar en 1805, por el cual España salió muy perjudicada al perder gran parte de sus barcos, algunos de ellos auténticas maravillas de la tecnología militar de la época como fue el caso de La Santísima Trinidad, mientras que Francia y sus navíos apenas se vieron dañados.

El Tratado de Fontainebleau (1807).

Con este precedente, la Francia de Napoleón ya era consciente de la debilidad de los gobernantes españoles, aumentada por los conflictos internos dentro de la misma Familia Real y la creciente animadversión del pueblo hacia la figura de Godoy, al que se acusó de llegar a ser primer ministro por tener relaciones con la reina Maria Luisa de Parma. Esto que podría parecer algo baladí, no es así. Daos cuenta de que Carlos IV tuvo durante mucho tiempo una fama de consentidor que le hizo perder aún más la poca autoridad de que disponía, y que permitió que Fernando, su hijo, emplease el rumor de las infidelidades de su madre para legimitar sus pretensiones al trono. El caso es que a estas alturas, con la derrota de Trafalgar todavía latente, Godoy se aprestó a suscribir un nuevo tratado con Francia en la localidad de Fontainebleau, en 1807, a fin de granjearse la amistad de Napoleón.

Y es que aquí encontramos la razón primera de la Guerra de Independencia. Napoleón, sabedor de que para mantener su primacía en Europa continental debía encargarse del problema que suponía Inglaterra para sus intereses, y que era imposible la idea de una invasión, no le quedaba más que aislar comercialmente a Gran Bretaña. De entre todos los países dominados o en el área de influencia de Francia, sólo Portugal desacató la orden. Por esta razón, Napoleón, decidió emprender acciones militares contra nuestros vecinos lusos. Pero claro, para ello, debía cruzar territorio español, y como era conocedor de la debilidad política de España, con una cierta presión militar aplicada en la capital, era de esperar que España se doblegara, bajo la idea de Napoleón de que "ese país de curas", analfabeto e inculto, fácilmente sería dominado y no habría demasiados problemas.

Cuando Godoy se dio cuenta de que los efectivos franceses superan los 65000 hombres, y que en ciertos puntos de la geografía española el pueblo comenzaba a reaccionar contra el invasor, decidió mover a la Familia Real a Aranjuez, con el objeto de más tarde trasladarla a Sevilla y de allí a América del Sur. Pero en Aranjuez, Fernando, apoyado por descontentos con la gestión política de Godoy y Carlos IV, protagonizó un Motín que se saldó con la salida de Godoy del poder y la abdicación de su padre a su favor, siendo entonces Fernando VII.

Era previsible que Napoleón, conocedor de la situación familiar española, convocara a la Familia Real a Bayona. Allí encerró a la Familia Real, reuniendo a Fernando y a sus padres en el castillo de Marraq, hasta que logró que Fernando VII abdicase en su padre, y éste en Napoleón, quien a su vez, cedió el poder a su hermano José Bonaparte. Para favorecer el gobierno de su hermano, se concedió una carta otorgada conocida como el Estatuto de Bayona, que recogía los nuevos principios políticos de la nueva dinastía.

¿Cómo era la situación en España en estos momentos? Muy tensa. Nos encontramos ante un país con un vacío en el poder, con el ejército más poderoso de Europa en la mismísima capital del reino y con parte del ejército español en Portugal colaborando para invadir junto a los franceses el país luso en virtud del Tratado de Fontainebleu.

De lo que ocurrió después, nos encargaremos en un nuevo artículo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La Guerra de Independencia Española (I)

Si tomamos como ejemplo el caso de otros países con una larga tradición democrática, como Francia, observaremos que el día nacional se enclava en un hecho de su pasado de carácter violento y que consagró valores concretos, como el caso de la Toma de la Bastilla el 14 de Julio de 1789 en París. En el caso de España, soy más bien partidario de considerar las jornadas del 2 y 3 de Mayo de 1808 como la verdadera fecha nacional española, pues contra la tiranía de un invasor ensoberbecido por ser “el portador de las Luces ilustradas” aunque fuese a base de cañonazos y fusiles, un pueblo humilde, atrasado e inculto en su mayoría, defendía su tierra contra estos enemigos que se consideraban amigos del pueblo.

Esa fecha marcó el comienzo no sólo de la entrada de España en la Historia Contemporánea en el año 1808, sino el inicio de la Guerra de Independencia española. Seis años de un conflicto devastador, en la que España, en virtud del tratado de Fontainebleu de 1807, fue invadida por Francia bajo el pretexto de que las tropas napoleónicas debían atravesar nuestro país para castigar a Portugal por romper el bloque económico portuario a Gran Bretaña.

¿Cómo era la situación de España previamente?

Política.

España durante el siglo XVIII había sufrido a comienzos de la centuria un cambio dinástico real, que trajo consigo una nueva guerra en la que las potencias extranjeras, por primera vez en muchos siglos, se disputaron el trono español. Tenemos que tener en cuenta que desde las guerras bajomedievales entre los partidarios de Pedro I y Enrique de Trastámara (apoyados por Inglaterra y Francia respectivamente), no tenemos noticias de que otros países se inmiscuyeran en los asuntos internos de España. Así que el comienzo del XVIII supuso una regresión seria en el poderío político español de los siglos XVI y XVII, una consecuencia lógica tras la larga decadencia de los Austrias Menores.

Políticamente, los Borbones, la familia vencedora con el apoyo de Francia, representada por Felipe V de España, se decantarán por unificar los reinos que componían España mediante la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, una serie de documentos oficiales que perseguían la unidad lingüística, económica y legal de todo el territorio, fomentando el poder central radicado en la persona del rey y uniformando la Administración. Esto se considera como el verdadero inicio de España como una entidad política mayor y aglutinadora de los pueblos que la conforman. Con mayor o menor ventura, la dinastía borbónica se asentó en el trono y especialmente, a partir de mediados del siglo XVIII, tomó el apoyo de la Ilustración para desempeñar el despotismo ilustrado, teniendo como mayor ejemplo de esto al monarca Carlos III. El reinado de Carlos III sería muy importante para nuestro país, y su interés por nuevas estrategias políticas tendrán grandes éxitos (reordenación urbanística de Madrid, por ejemplo), pero también fracasos sonoros (como el Motín de Esquilache en 1766).
Sin embargo, la muerte de Carlos III en 1788 tendrá mucha importancia, pues su sucesor, Carlos IV, que inició su mandato seguramente con la intención de continuar el ideario de su padre, encontrará graves dificultades, descollando entre ellas que en el año 1789, estallará la Revolución Francesa. Eso, que ocurría justamente en el país vecino del norte, fue un motivo de gran preocupación, pues las ideas ilustradas que los monarcas españoles apoyaban matizadas, habían permitido el desastre para el Absolutismo que ocurría en Francia. Las medidas tomadas rápidamente fueron previsibles: censura de las publicaciones ilustradas, control de las fronteras cerrándolas e impidiendo el tránsito de ciudadanos franceses al reino español y paralización para posterior retirada, de las reformas que se habían contemplado tiempo atrás en política.

La sociedad y economía españolas del siglo XVIII.

La población española del siglo XVIII fue paulatinamente en aumento. Por primera vez en mucho tiempo, nuestro país no se veía envuelto en conflictos de gran envergadura que supusiera un desangramiento constante de la población española, como fueron las campañas europeas durante el Imperio en tiempo de los Austrias. Los primeros censos demográficos se comienzan a realizar en el siglo XVIII. El Catastro del Marqués de Ensenada desvela un país cuya población llega a nueve millones de almas, y aunque el resto de censos posteriores pueden llegar hasta cifras superiores, han de ser tomadas con muchísima cautela (ya que no existían mínimos suficientes estadísticos que puedan permitirnos confiarnos en exceso sobre estos datos). Lo que sí es cierto es que encontramos una sociedad cuyo número de habitantes va en aumento gradualmente, aun con períodos de regresión cada cierto tiempo. La Guerra de Independencia será una tragedia para nuestro país, ya que ese despegue poblacional que había traído consigo además un desarrollo de las tierras en cultivo (aún con muchísimos problemas, pero algo era algo), se verá frenado cuando muchos jóvenes y adultos jóvenes perezcan en el conflicto.
La sociedad española (y para esto, seguiremos al maestro de Historiadores, don Antonio Domínguez Ortiz) cambió a su vez. La sociedad española como la de cualquier otra nación del momento, es una sociedad estamental, basada en la familia, y aunque las relaciones eran claramente disgregadoras, en el caso español, los estamentos no tenían en general una animadversión seria una por otros excesiva. Evidentemente, los españoles de aquel tiempo vivían en el campo en su mayoría, dedicándose a las actividades agrarias para sobrevivir.

El gran problema de la economía del siglo XVIII en España será la perpetuación del mayorazgo. Pero, ¿qué era el mayorazgo? Simplificando, podríamos decir que consistía en un lote de propiedades territoriales pertenecientes a un señor, que pasaban de generación en generación, creciendo con nuevas adquisiciones o heredades pero sin ver nunca el patrimonio original mermado. Está claro que eso conllevó a una concentración de la propiedad en pocas manos creciendo la amortización de tierras que podían ser más productivas. El fundador del mayorazgo dejaba definidos los principios que perseguía, y sus sucesores disfrutaban del patrimonio en usufructo. Para que os hagáis una idea, el fundador estipulaba el proceso de herencia, basada en la línea de los hijos y descendientes varones, y esa voluntad no podía ser quebrada. Lejos de pensar que sólo los ricos podrían fundar mayorazgos, también las fortunas más modestas procuraban conseguir ese objetivo.
Es cierto que los Borbones eran conscientes de que la concentración de la tierra en pocas manos o manos muertas era un peligro para el desarrollo económico de España, y que se echaba a perder el potencial demográfico puesto que no existían suficientes tierras de labor libres para ser cultivadas. Así las cosas, desde el trono se promovieron reformas que a pesar de tener un objetivo positivo, fortalecieron a estos mayorazgos. ¿Por qué? Se procedió desde las autoridades a ceder tierras libres a los concejos o precedentes de los ayuntamientos de los pueblos para que pudieran ser trabajados, pero pronto estos Concejos, pobres por lo general, se vieron obligados a vender esas tierras libres que eran compradas por los ricos propietarios, aumentando así los mayorazgos. En cuanto a la población, los gobiernos borbónicos se esforzaron por favorecer la repoblación de territorios baldíos. Por ejemplo, Pablo de Olavide promovió la repoblación de Sierra Morena, y algunas localidades como La Luisiana en Sevilla fueron fundadas en este momento, como agrupación de otros núcleos de población pequeños anteriores para crear otro mayor.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La Crisis del Antiguo Régimen (IV): La Sociedad Estamental.


Como dijimos anteriormente, la sociedad del AR se basaba en el derecho por nacimiento y no por méritos. Es decir, el individuo era clasificado y enmarcado socialmente en función de la escala social en la que había nacido, pasando a formar parte desde el mismo momento en que vino al mundo de una capa social llamada Estamento, que se caracterizaba por el hecho de que la pertenencia era vitalicia. Era prácticamente imposible que entre los diferentes Estamentos hubiese contactos y traspasos de miembros, al menos, no entre el Tercer Estado (pueblo llano) y los Privilegiados (nobleza y clero).
Tradicionalmente, se ha tendido a confundir el Tercer Estado con el campesinado, y eso es falso. El Tercer Estado se compone de diversos grupos sociales. Por un lado, y mayoritario, está el campesinado, que podía poseer tierras o trabajar otras ajenas. Estas personas vivían en las áreas rurales y sus formas de vida eran duras, repletas de trabajo en el campo. Sin embargo, existían también campesinos ricos que habían prosperado mediante la compra de sus tierras a los señores y más tarde, comprando otras tierras a otros campesinos. Por otra parte, estaban las clases populares que trabajaban en la ciudad. El artesanado, por ejemplo, producía y vendía sus bienes en las ciudades, mientras que el obrero que se dedicaba principalmente a la construcción era otro de los subgrupos importantes. Pero, y aquí está el grupo social más interesante del que hablaremos mucho próximamente, la burguesía descollará entre todos. Los burgueses reciben su nombre porque vivían en los burgos o barrios que se situaban fuera de la muralla medieval. Estas personas solían dedicarse a profesiones libres, como abogados, médicos o profesores, aparte de comerciantes. Este grupo social será el que se esforzará en cambiar y transformar el AR, ya que su objetivo era el siguiente: disponían de poder económico, pero no el político, que detentaban los nobles y la Iglesia. A partir de esto, es la razón por la que la burguesía intentará destruir el esquema social de estamentos del Antiguo Régimen, la búsqueda del poder político.

Mientras, en el otro extremo, los Privilegiados, que a diferencia del Tercer Estado, no pagaban impuestos. La nobleza, por ejemplo, vamos a observar que detentará los cargos políticos y administrativos más preminentes, y siempre estará cerca del rey. La base de su poder se cifraba en la tierra, en la posesión de tierras, y no por otros criterios más económicos como la producción. Lo importante, lo que daba el prestigio era la tenencia de tierras, más que cualquier otra cosa. Por eso, no era tan importante el que fueran productivas más allá de lo necesario para asegurarse la base del poder económico, pero no más allá. A esto fue lo que le llamó la Ilustración "Manos Muertas", es decir, propietarios que no ponían en explotación económica adecuada sus posesiones. La nobleza disponía de muchos beneficios. Aparte de las exenciones fiscales, tenían derechos varios (derecho a la caza, derecho a cobrar dinero por el uso de instalaciones nobiliarias por los campesinos...), podían algunos de ellos no quitarse el sombrero ante el Rey...

El Clero, por su parte, apenas representaba más del 2% de la población total de los reinos, pero sus dominios territoriales eran enormes. Los integrantes del clero no pagaban impuestos y cobraban un impuesto especial llamado Diezmo, consistente en recaudar la décima parte de las cosechas. Sin embargo, es necesario indicar que el Clero era dentro de sí un grupo heterogéneo, ya que no era lo mismo un Obispo con las rentas obtenidas por sus posesiones y rentas asentadas, que un cura de pueblo que era poco o más o menos igual que un humilde campesino de ese mismo pueblo.

Próximamente, hablaremos del papel real y su situación en esta sociedad estamental.

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